jueves, 19 de junio de 2014

GUARDAFRENOS


 
La inauguración del ferrocarril de Tharsis, en Febrero de1871, supuso un  revulsivo económico en una zona, el Andévalo, que había iniciado ya su particular “revolución industrial” con la explotación de la minería durante siglos abandonada. Aunque pocos meses antes se había inaugurado el del Buitrón-San Juan del Puerto, sí es cierto que esta nueva actividad había de requerir nuevos oficios a unos trabajadores faltos de experiencia.

El foco de atracción laboral iniciado desde 1853 con la llegada de Ernesto Deligny, se incrementó notablemente para nuevas habilidades, las requeridas para el transporte del mineral hasta Corrales. Si  en una primera etapa el trabajo estaba centralizado principalmente en el desmonte y acarreo del mineral, al ponerse en macha el segundo ferrocarril minero de la provincia hubo necesidad de contar con maquinistas, fogoneros, guardagujas, y cuadrillas de empleados en la reparación y conservación del trazado. Tareas desconocidas para una población ocupada en la agricultura o el pastoreo.

Como ya relatara Checkland, el ferrocarril fue la causa de más siniestralidad en la Compañía de Tharsis. Y uno de los oficios más peligros fue sin duda el de guardafrenos.

Su trabajo consistía en frenar y desenfrenar el convoy de vagones cargados de mineral. En su continuo transitar entre Tharsis y Corrales, o desde la Zarza posteriormente, fueron adquiriendo experiencia y aprendieron los desniveles del terreno, que dependiendo de la carga que arrastrara la locomotora, aplicaban manivela para que unas zapatas confeccionadas en madera  presionaran  contra las ruedas de los vagones.

Este trabajo lo tenían que efectuar en colaboración con el maquinista y fogonero, pero como la distancia, ruido, y meteorología, no permitía ningún dialogo, las ordenes la daba el conductor de la locomotora a toques de silbato.

Si de por sí era peligroso viajar en el estribo de un vagón, en una plataforma de 30 X 30 centímetros, en unos vagones en continuo traqueteo; añadan que hiciera frío o calor,  lloviera o hiciera viento; los guardafrenos eran imprescindibles para el transporte de mineral. Incluso arriesgaban más de la cuenta la vida cuando por el fallo de algunos frenos, o porque la locomotora se desbocara más de la cuenta, tenían que saltar con el tren en marcha, de un vagón a otro aplicando frenos para no descarrilar.

Su jornada laboral no tenia horario fijo. Si había barcos que despachar, al regreso de Corrales ya estaba preparado otro convoy a la espera de los guardafrenos para emprender la marcha. Las mujeres  que tuvieron maridos guardafrenos sabían que el regreso a casa de sus maridos era imprevisible, siendo habitual volver de madrugada impregnados de carbonilla y tizne.

También recuerdan los sobresaltos que les producía la visita del "llamador" y la sutileza para llamar a relevo, aporrear la ventana hasta que el reclamado ponía pies en el suelo y contestaba. Los guardafrenos y sus familias fueron muy expuestos  a que les golpearan en la ventana a horas intempestivas.

 
Este oficio, surgido con la llegada del ferrocarril, la modernidad y el tiempo se lo llevó.  Primero con la tracción diesel eléctrica y los nuevos vagones "gregg", que hacían posible el frenado hidráulico y prescindía de tan peligroso trabajo. Después, porque en 1999 circuló el último tren a Corrales.

A la memoria de Francisco Ponce Macías, guardafrenos.